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El Centinela
Lunes, 16 de enero de 2017 | Leída 369 veces

Las caricias

Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas (Santa Teresa de Calcuta)

[Img #4600]     Hace unos días que se produjo el fallecimiento del doctor en psicología Claude Steiner. Este psicoanalista, seguidor freudiano y padre del Análisis Transaccional, hace ya más de treinta años que construyó una interesante teoría en base a sus observaciones clínicas como psicoterapeuta a la que denominó “la economía de caricias”. Bajo este concepto, investigó los efectos que producen sobre el ser humano el vivir en la escasez o abundancia de signos de reconocimiento a los que él llamó “caricias”.

     Él mantenía que las “caricias” son imprescindibles para sobrevivir, y que si no las recibimos se pone en marcha un mecanismo de supervivencia instintivo que nos lleva a  demandarlas, es decir, que estamos dispuestos incluso a recibir “caricias negativas” antes que no recibir ninguna. Preferimos la bofetada a la ignorancia, el grito a la apatía o incluso el desprecio a la indiferencia.

 

     Y todo esto viene a colación con ocasión de las distintas entrevistas que se están llevando a cabo en el despacho del Director General de la Guardia Civil. Esa “caricia”, como muestra de reconocimiento hacia las asociaciones profesionales es de agradecer. Pero tras pasar la “cuarentena”, el nuevo mandatario debe empezar a sopesar cual va a ser su línea de actuación con respecto a las mismas. Si las va tomar en serio como interlocutores válidos o simplemente como meros objetos decorativos de una Ley Orgánica que ya necesita pasar por cirugía para hacerse un lifting.

 

     Decía Séneca: “si no sabes hacia qué puerto navegas ningún viento es bueno” y esa es la cuestión que debe dilucidar nuestro Director General: ¿hacia qué puerto quiere navegar?, o dicho de otra manera, ¿qué rumbo debe tomar la Guardia Civil para llegar a buen puerto?

 

     Para ello será imprescindible asumir que el camino recorrido hasta ahora es el adecuado, que la Guardia Civil lleva un proceso de modernización y actualización lento pero plausible, y que el mismo no está exento de detractores que siempre estarán al acecho para intentar sacar rédito ante cualquier dificultad o escollo que se presente y que sea imprescindible salvar para seguir avanzando.

 

     Por eso hay que hacer hincapié en la cooperación de todos, pues no se trata de competir. No puede haber calidad sin compromiso y no puede haber compromiso sin confianza. Para ello tenemos que tener claro que la confianza no admite grados, galones o fajines. Es binaria, confiamos o no confiamos. De nada servirá tener reuniones si de ellas no nace un compromiso de trabajo, de querer hacer las cosas con la empatía necesaria que nace de esa confianza y siendo conscientes de que los umbrales de máxima incompetencia nacen el miedo. De ese miedo al cambio, a la transformación e incluso a la evolución.

 

     Y esa transformación y evolución de la Guardia Civil dependerá en gran medida de la actitud y aptitud de todos. Tendremos éxito si estamos confiados y determinados a hacerlo, porque nuestro potencial es extraordinario y el único rival que se presenta es nuestra propia limitación. Para ello, la figura del Consejo de la Guardia Civil será fundamental para desarrollar las propuestas que vayan surgiendo. Habrá que alimentarlo y dotarlo de las herramientas necesarias para que lleve a cabo con eficacia lo que la Ley le otorga.

 

     Hasta ahora, las caricias recibidas del Director General son positivas, por lo menos en cuanto a propósito. Veremos si este propósito se transforma en trabajo. Solo queda recordarle al Director General el viejo aforismo tibetano: “Ten cuidado cómo miras al mundo, porque el mundo será como lo mires”.        

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